julio 25, 2024

En Berna, Suiza, todos los perros van al museo


Suiza no puede pensarse sin el chocolate, el queso, los Alpes o el San Bernardo aunque, en realidad, el país le deba la leche y la fondue a otro tipo de mastines: los boyeros o perros de montaña, una raza definida a principios del siglo XX. Desde principios del siglo XX, el Museo de Historia Natural de Berna empezó a recibir los despojos de perros fallecidos en el seno de las familias de la ciudad, a tal punto que hoy alberga la mayor colección cinológica del mundo, con más de 2.800 ejemplares, que incluye los esqueletos completos, los cráneos y las pieles de un número similar de perros domésticos fallecidos en estos 200 años.

Un cachorro de raza San Bernardo, de un mes de edad, jugando en la Fundación Barry, en Martigny, Suiza. EFE/LAURENT GILLIERONUn cachorro de raza San Bernardo, de un mes de edad, jugando en la Fundación Barry, en Martigny, Suiza. EFE/LAURENT GILLIERON

La colección fue una iniciativa de Theophil Studer (1845-1922), profesor de zoología, historia natural y anatomía comparada de la universidad local, un interesado en el problema de la domesticación prehistórica del perro. En 1868, Studer empezó a recolectar cráneos y huesos caninos, entre los que se cuenta el cráneo obtenido de un asentamiento neolítico del Jura.

Tras la muerte de Studer, otro investigador retomó esta tarea y, en 1929, estableció la Fundación Albert Heim que con el apoyo del Club Canino Suizo, juntó los esfuerzos de los criadores con el de los estudiosos de la evolución del perro a través de su relación con los humanos. Esta Fundación apoya la investigación científica y promueve la ampliación de la colección cinológica, aceptando la donación de perros de raza fallecidos a cualquier edad siempre y cuando sus dueños estén dispuestos a transformarlos en pieza de museo. Así, la colección crece como una herramienta que permite ver las variaciones de las razas en el tiempo, según los parámetros de cada época y merced a la intervención humana que propicia uno u otro rasgo descartando o castrando a los cachorros que no responden a ellos.

Hacia fines del siglo XVIII, en Suiza solo se criaban perros San Bernardo, considerado una raza autóctona dispuesta a sacrificarse por los humanos perdidos en la nieve: esa ficción se explica en la exposición que el Museo de Berna le dedica a Barry, la encarnación del mito fundador de las virtudes de su estirpe. Había nacido en 1800 en el hospicio del puerto homónimo situado a 2500 m de altura y falleció en Berna en 1814. A su muerte el prior del Gran San Bernardo lo confió a la colección de historia natural de Berna para su naturalización.

Desde 1923, Barry se instaló en el edificio del actual museo, institución que conserva y repara su cadáver desde hace 200 años. Al parecer, entonces ya era muy conocido, tal como testimonia Friedrich Meisner (1765-1825), profesor de Historia Natural quien, en 1816, escribía: “Me consuela saber que este perro, que salvó tantas vidas, no caerá en el olvido”.

Los perros del Gran San Bernardo, de hecho, formaban un grupo muy variado que, a partir del siglo XX y por acción de los criadores, se consolidan como perros vigorosos de pelaje rojo y blanco, pesados, macizos y de cabeza ancha, una apariencia que se impuso sobre el tipo más ligero y adaptada a los gustos de los compradores.

Modas perrunas hubo siempre

En los años de Barry, también estaban de moda los terranova, el gran danés y el pastor alemán, importados o nacidos en los cantones de la Confederación. Los perros de montaña, en cambio, pasaban desapercibidos. El geólogo Albert Heim (1849-1937), profesor de la ETH de Zürich, gran organizador de excursiones alpinas, en ese ir y venir, se interesó por esos perros de las alturas, convirtiéndose en su defensor y en el promotor de la bella raza alpina.

Aficionado a la cinología, publicó “Los boyeros suizos” expresando: ”Evitaremos que perezcan estas razas autóctonas, antiguas y maravillosas.” Heim allí demostró que realizaban tareas indispensables como arrear ganado y tirar carros para los campesinos de las granjas más pequeñas que no podían permitirse la compra de caballos o vacas de tracción. Así, mientras los activistas pedían la abolición de la explotación animal, Heim apoyó a los círculos agrícolas para abogar por una regulación sensata del trabajo canino.

Una mujer pintando un cuerno de madera fija en un rinoceronte de peluche en el Museo de Historia Natural de Berna.
Foto: Lisa Schaeublin / AFPUna mujer pintando un cuerno de madera fija en un rinoceronte de peluche en el Museo de Historia Natural de Berna.
Foto: Lisa Schaeublin / AFP

Para 1889, Heim había logrado que los boyeros entraran como categoría de la Exposición Canina Internacional, creando las condiciones para que estos perros menospreciados por ser bestias de granja, se convirtieran en perros de raza. Heim impulsó la fundación del club de Boyeros y, como juez de los concursos, logró que el gran boyero suizo, el boyero de Entlebuch y el de Berna se independizaran los unos de los otros. El Club del Gran Boyero Suizo, fundado en enero de 1912, proporcionó el marco para las actividades de cría, pero durante la Gran Guerra se mataron varios perros por la escasez de alimentos. La epidemia de fiebre aftosa de 1918/9 se cobró nuevas víctimas:los perros fueron sacrificados para evitar la propagación de la enfermedad.

En la primavera de 1921, la vida del club y, por tanto, la cría volvieron a florecer. El número de socios aumentó y con ellos los criaderos: la existencia de la nueva raza se aseguró buscando nuevo animales reproductores que correspondieran al tipo en cuanto a aspecto y temperamento: un perro vigilante y valiente, de buen carácter, que, sin ser agresivo enfrentara los peligros.

“Dame la pata…”

“Por la raza de mi perro, hablará el espíritu” – hubiese escrito José Vasconcelos de haber vivido en Berna. La Sociedad de perros suizos, a fin de cuentas, considera que las nueve razas caninas de la Confederación son “tan diversas y robustas como el propio país. Fieles compañeros, perros de trabajo, una pieza viva del patrimonio cultural, personifican la singularidad de las tradiciones locales y reflejan la armonía entre el hombre y la naturaleza, profundamente arraigada en la cultura suiza.”

Aunque, en Neuchâtel, esta relación, anda algo descarrilada: en 2013, el Museo de Historia Natural de esa ciudad organizó Dame la pata, una muestra dedicada a los 30.000 años de historia de la domesticación perruna, en cooperación con Berna y presidida por un perro taxidermizado. Para ello le solicitaron a un veterinario el cadáver de algún perro fallecido recientemente. Así fue que llegaron a Balloo, un mestizo de ovejero australiano, de nueve meses de edad y alojado en un refugio que encargó su eutanasia dado que nadie deseaba adoptarlo por su carácter revoltoso.

Boyero de Berna.
Foto Shutterstock
Boyero de Berna.
Foto Shutterstock

El perro (muerto) llegó a la mesa del taxidermista del museo justo cuando un periodista lo estaba entrevistando y, vista la belleza del preparado, decidió publicar su foto. La reacción no se hizo esperar: la prensa amarillista denunció que allí se mataban perros para embalsamar, las asociaciones protectoras de animales acusaron al refugio que lo había entregado, la antigua propietaria del cachorro, lloraba por el destino del perro que había abandonado y los manifestantes se hicieron presentes, crucificando a los técnicos y autoridades de la institución.

No importaron las explicaciones del director, que recordó que, desde el siglo XIX, el código ético del museo prohibía matar a un animal para disecarlo y exhibirlo. “No somos cazadores. Los vertebrados que nos llegan y se naturalizan han muerto en la carretera, o son víctimas de las helada”. No hubo caso. Al pobre Balloo hubo que colocarlo en un caja con una ventanilla para no herir la sensibilidad de nadie. Que como vimos, incluye donar el despojo de la mascota en aras del futuro de la raza.



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