julio 25, 2024

Una mirada desde Ucrania: hombre muerto caminando


Si buscamos caras que retratan la guerra de Ucrania, las hay muertas y las hay vivas. Las muertas las vemos en un collage de fotos que cubre un mural en el centro de Kiev, la capital. Recorrer los cien metros de largo del mural, con las imágenes y los nombres de cientos de soldados y las fechas en las que cayeron, acompañadas de las velas y las flores de sus seres queridos, te quiebra el corazón.

Duele más, incluso, si te haces la pregunta por la que no hay respuesta, ¿para qué?

Las caras vivas de esta guerra sin sentido son las de los desplazados: 3.5 millones dentro del país, seis millones fuera, en total el 22 por ciento de la población nacional antes de la invasión rusa. Vi muchas de estas caras en Dnipro, 500 kilómetros al este de Kyiv, a poca distancia del frente, donde hoy sobreviven medio millón de personas que se han quedado sin hogar.

Una cara en particular se me quedará grabada para siempre. La de una señora de 75 años llamada Hanna Ivanivna Zheleznyak-Kartamysheva recién llegada del pueblo de Selídove, en Donetsk, donde hoy mismo rusos y ucranianos se matan entre sí.

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, su esposa, frente al gran mural con las fotos de los soldados caídos en la guerra, en una imagen de 2023. Foto: AFPEl presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, su esposa, frente al gran mural con las fotos de los soldados caídos en la guerra, en una imagen de 2023. Foto: AFP

Son tercos los ancianos. Hanna llevaba diez años aguantando el sonido de los morteros, los misiles y las metralletas. Nos olvidamos a veces en la plácida Europa occidental que la guerra no empezó con la invasión de febrero de 2022 por el norte del país sino en abril de 2014 cuando los rusos entraron por el este en el Dombás, la región donde se encuentra el oblast, o la provincia, de Donetsk.

Se quedó Hanna mientras pudo porque la tierra de Selídove, de 20.000 habitantes antes de la guerra, marca los límites de su mundo. Ahí fue donde sus padres sobrevivieron la hambruna deliberada de Stalin, el ‘Holodomor’ que mató a millones de ucranianos en los años 30; donde sobrevivieron la invasión nazí diez años después; donde nació Hanna en 1949; donde se casó; donde crio a su hijo; donde enviudó; donde trabajó casi toda su vida en una verdulería.

Se rindió finalmente el mes pasado, el 12 de junio para ser exactos, cuando la frecuencia de los bombardeos rusos le quitaban el aliento y temía que iba a sufrir un infarto más tras los dos que ya había sufrido en los últimos dos años. Huyó en autobús rumbo a la ciudad de Dnipro con la ropa que llevaba puesta y dos fotos de su hijo.

Su hijo, Oleksandr: otra cara de la guerra, en este caso la de alguien que no está ni vivo ni muerto. Es un «dead man walking». «Ya no me quedan más lágrimas,» me dijo Hanna, mientras sacaba las fotos de su bolso. Pero cuando me las pasó, ambas de su hijo en uniforme militar, rompió a llorar.

Hablé con ella a través de una interprete en una pequeña habitación dentro de un albergue para desplazados que opera una ONG ucraniana llamada ‘Oceano de Bondad’, financiada por la agencia de la ONU para refugiados ACNUR, tremendamente activa en Dnipro. De pelo corto gris, con una camiseta amarilla, incongruos leotardos leopardo y una expresión de permanente angustia, Hanna me dijo que se fue cuando su hijo le rogó que se salvara.

«Yo le rogué a él que viniera conmigo, pero se negó. Me dijo que se quedaba a matar y a morir.»

Una casa destrozada por un ataque de Rusia en la localidad de Toretsk, en la región de Donetsk, Ucrania, esta semana. Foto: REUTERSUna casa destrozada por un ataque de Rusia en la localidad de Toretsk, en la región de Donetsk, Ucrania, esta semana. Foto: REUTERS

Oleksandr, de 53 años, está mal, muy mal, de la cabeza, como tantos combatientes más. Vive solo ahora en el piso que compartía con su madre. Su esposa y sus dos hijas le han abandonado, pero Hanna no les tiene rencor.

«Mi hijo representa un peligro para ellas», reconoció. «Se ha vuelto bipolar, sufre alucinaciones, no duerme nada. Fue a Kiev a rehabilitación durante seis meses, pero ahora debido a los combates en la zona no tiene acceso a sus medicamentos y está peor que nunca».

Oleksandr, que había sido obrero de la construcción antes de la guerra, se incorporó al ejército como voluntario en diciembre de 2022. El año siguiente participó en la terrible batalla de trincheras en defensa del pueblo de Bájmut, ahí en Donetsk. Luchaba en un pequeño pelotón de cinco. A mediados de 2023 cayó un mortero y murieron todos salvo él. Sufrió una concusión, cuyas secuelas explican los delirios que padece hoy.

Desamparo

«No deja de pensar en los compañeros que murieron, de sentir culpa por haber sido el único que sobrevivió», dice Hanna, señalando una de sus fotos, en la que se ve a Oleksandr asomando la cabeza detrás de los otros cuatro.

«A veces se olvida de que han muerto, les habla y grita que saldrá a luchar con ellos a matar a todos los rusos. ‘¡Dame granadas!» dice. ‘Dame granadas!’ Está fatal, mi pobre hijo. Peor que fatal. No tiene dinero, nada, y no sé qué hará ahora para comer. Apenas quedan civiles en Selídove para ayudarle y ahí está, solo en nuestro piso, si no es que lo han destruido ya. Yo lo cuidaba, pero ahora no hay nadie para cuidarle. Ni siquiera sé si está vivo. Lo podrían haber matado hoy, ayer…No sé…»

Soldados ucranianos apostados cerca de Bajmut, en la región de Donetsk. Foto: AFPSoldados ucranianos apostados cerca de Bajmut, en la región de Donetsk. Foto: AFP

Hanna mira las fotos de su hijo un largo rato, se seca los ojos con la manga de su camiseta, respira hondo, alza la cabeza y declara: «Rezo, rezo todas las horas el día para que nuestros soldados ganen. Y -lo juro- si fuese más joven, si no tuviera este problema del corazón, me incorporaría al ejército y mataría a todos los rusos que pudiera».

El odio que Hanna siente es el espejo de lo que siente la enorme mayoría de sus compatriotas. Es un odio especialmente impotente en su caso. La mayor parte de Ucrania sigue en pie pero ella, condenada con toda probabilidad a morir en el exilio del albergue de Dnipro, ya perdió la guerra.

«No, no volveré a ver mi pueblo. Porque, aunque lo viese, solo quedarán escombros, ahí en el lugar donde nací, donde crecí y viví toda la vida, donde están enterrados mis padres y todos mis familiares.»

Y aunque repite que no le quedan más lágrimas, Hanna, la imagen lacerante del sufrimiento de todo un país, rompe una vez más a llorar.



Source link